Nuñez de fiesta. El segundo superclásico de la historia que definió una final fue para el millonario y se convirtió en todo un símbolo. (Foto: Diario AS)

En términos generales, la temporada de River no estuvo a la altura de lo que su historia ganadora representa, sin embargo, se dio el lujo de dar una vuelta olímpica soñada en las narices de su clásico rival y terminó con un invicto que ilusiona para lo que viene.

El Millonario no fue campeón de la Superliga ni clasificó a la Copa Libertadores 2019. Finalizó en el octavo puesto con 45 puntos, 13 partidos ganados, 6 empatados y 8 perdidos. No son buenos números para un club grande y menos para el más campeón de torneos nacionales con 35 vueltas olímpicas. Sin embargo, tras el último encuentro de la temporada contra Flamengo (el empate que le sirvió a la Banda para entrar a octavos de la Copa como el mejor de su grupo) los jugadores y el técnico bajaron un mensaje de optimismo y de haber cumplido los objetivos del segundo semestre. Esos eran dos: ganarle la Supercopa a Boca y entrar a la segunda fase del torneo internacional. En Núñez la sensación es de tranquilidad y la euforia de haberle ganado al clásico rival un trofeo prácticamente en la cara todavía permanece. Para analizar el año del club es necesario desmenuzarlo en dos: el bajón anímico pos eliminación contra Lanús y la levantada pos consagración en el mencionado Superclásico. El juego del equipo fue determinado más por esos estados de ánimo que por tácticas y estrategias.

“Inventaron el VAR”. La famosa frase de Enzo Pérez que reflejaba la bronca y el nerviosismo en la atmósfera riverplatense tras el cachetazo ante Lanús. (Foto: TyC Sports)

En julio del año pasado, Sebastián Driussi partía al Zenit de Rusia por 15 millones de euros limpios para el club. El delantero – en ese momento de 21 años – había sido la gran revelación del plantel y el goleador del equipo en la liga, formando una dupla espectacular con Lucas Alario. Era la primera baja sensible para el técnico, ya que la segunda fue justamente la de su ex compañero de ataque, en una operación que se realizó de la noche a la mañana por parte del Bayern Leverkusen de Alemania. Se iban dos emblemas, pero ingresaban a las arcas una suma cercana a los 26 millones de euros. En ese mercado de pases llegaron Javier Pinola, Germán Lux, Ignacio Scocco, Rafael Santos Borré, Marcelo Saracchi, Enzo Pérez y Nicolás De La Cruz. Todas piezas que, algunas mejor y otras peor, se adaptaron al equipo y comenzaron su estadía en el club con todos los cañones apuntados a tratar de terminar la participación en la Libertadores con su respectiva coronación.

En el torneo, la Banda arrancó ganando los primeros tres al hilo. De los nuevos, los que más rápido se ganaron el cariño del hincha fueron Scocco y Pérez. El ex Newell´s hacía olvidar con goles la figura de Alario, pero arriba estaba muy sólo. A su vez, Pinola no encontraba la mejor versión que había tenido en Central y Borré y De La Cruz eran jugadores interesantes pero que no terminaban de acoplarse al sistema y les faltaba lucidez para resolver las situaciones. River empezaba a mostrar algunas flaquezas cuando empató tres juegos en la Superliga y cuando perdió 3 a 0 contra el débil Jorge Wilsterman de Bolivia en la ida de los cuartos de Copa. Sin embargo, en el Monumental ocurrió el recordado 8 a 0 y el pasaje a semifinales. En la ida contra Lanús, el Millonario fue ampliamente superior al equipo de Almirón, aunque apenas le ganó 1 a 0 con gol de Scocco. En el medio, el técnico puso a los suplentes para visitar a Talleres y preservar a los que habitualmente jugaban de cara al partido decisivo en la Fortaleza. Aquella noche significó el debut de Nahuel Gallardo, el hijo del Muñe, en la banda izquierda. Al igual que él, más chicos pudieron empezar a ganar minutos en el profesionalismo, pero el 4 a 0 en contra no les dejó el mejor de los sabores. Sería la primera de muchas derrotas en el torneo.

El baldazo de agua helada

Martes 31 de octubre del 2017, la fecha exacta de la catástrofe Riverplatense. Con lo mejor que tenía, el equipo de Napoleón salía en cancha de Lanús a buscar un pasaje a la final. El duelo arrancó con dos goles arriba para los visitantes y parecía resuelto. Lo que sigue es historia conocida: la novedad del uso del VAR que benefició a uno y perjudicó a otro equipo. Un claro penal para el Millonario debería haber sido revisado por quienes estaban a cargo de la nueva tecnología que estará en el Mundial, pero eso nunca ocurrió. Gallardo reclamó con vehemencia, pero no lo escucharon. A quiénes si prestaron atención fueron a los locales cuando pidieron lo mismo en el segundo tiempo, tras una evidente falta de Montiel en el área. Esta vez el árbitro Wilmar Roldán le dio la razón al Granate, revisó la jugada y significó el 4 a 2 final que fulminó el sueño internacional.

Las polémicas no pueden borrar el mal desempeño de la Banda para cerrar un partido fácil. Las flaquezas en defensa que se venían notando terminaron de quedar expuestas y el nivel del equipo demostró no estar a la altura de semejante compromiso. El grupo careció del carácter y la personalidad que supo tener en otros tiempos coperos. Sería el principio de un bajón anímico prolongado, de un golpe al orgullo del técnico y los jugadores, de encarar partidos fáciles y rendirse ante la primera adversidad. Para colmo, al fin de semana siguiente enfrentó a Boca de local y, aunque se presentaba como la oportunidad de dar vuelta la página, una victoria por el campeonato no hubiera podido curar semejante desazón. Para hundirse un poco más, el Millonario terminó perdiendo el encuentro y comenzaba a cerrar un semestre para el olvido, a 12 puntos del Xeneize. Sin embargo, fue ahí donde entró en juego el factor Copa Argentina. Tras ganarle la final a Atlético Tucumán, Gallardo ya empezaría a tener entre ceja y ceja una chance de oro para revertir el cachetazo: ganar la final de Supercopa.

Era todo parte de la estrategia

A principios de diciembre ya se sabía que el Superclásico en la Supercopa era un hecho. No se definió de inmediato la fecha, sede, ni hora, pero las expectativas por la segunda final directa entre ambos despertó en el país una adrenalina en las venas rojas y blancas, azules y oro y en general, de todos los colores que existen. El único antecedente era la definición del Nacional 1976. En aquella ocasión el campeón fue Boca, por lo que la reivindicación del Millonario buscaba ser contemporánea y a su vez histórica. Al Muñeco se le cumplieron dos grandes obsesiones en aquel libro de pases: Franco Armani y Lucas Pratto. Por el primero se desembolsaron 3,8 millones de dólares y el segundo se transformó en la incorporación más alta de la historia concretada en 11,5 millones de la misma moneda. Aunque el plantel era de primer nivel, el juego del equipo se asimilaba más a un elenco del fondo de la tabla. De hecho, el millo no paraba de perder y de bajar posiciones. En un momento llegó a estar a 24 puntos del puntero y las críticas llovían por todos lados. A las derrotas contra Independiente, Newell´s y Gimnasia del semestre anterior, se sumaban las concretadas contra Huracán, Lanús y Vélez en el nuevo. Se puso en duda la continuidad del técnico pero por el simple hecho de querer preservarlo e inmortalizarlo con una imagen ganadora y que no corra el riesgo de irse tras un papelón en la final tan anhelada por todos. Ese miedo era cada vez más grande sobre todo al observar que los de la vereda de enfrente se vanagloriaban de estar en la cima durante, aproximadamente, 1758 días.

Pero en Mendoza no ganó la lógica. No ganaron los números. No importó quien era más regular de los dos. No importó quien llegaba mejor. Simplemente salió campeón el que planteó el choque como se tenía que plantear. El que tuvo los jugadores que había que tener y que pusieron lo que tenían que poner. El que presentó más personalidad y carácter. Y por supuesto, el que tuvo al mejor técnico. Es que en la noche en la tierra de los vinos se vio al auténtico Marcelo Daniel Gallardo, ese que en los mano a mano es otra cosa, es distinto. El que necesitaba volver a ser después de la piña contra Lanús. Ese que empezó a revertir la historia negativa y se cargó por tercera vez consecutiva a los primos en duelos directos. El mismo que había ratificado tres meses antes que renovaba por cuatro años más en el club para llevar a cabo un proyecto integral, que contemple también las inferiores y que haga a la institución otra vez un semillero fértil.

Con orgullo, el técnico y el presidente exhiben un trofeo emblema. Es una relación que durará -por lo menos- hasta 2022. (Foto: Olé)

No hubo Waterloo para Napoleón, y la fiesta solo estaba arrancando. Del otro lado hubo un plantel que tiempo después salió campeón, pero todavía no se pudo sacar la espina de la final, como reconocería en reiteradas ocasiones Guillermo Barros Schelotto. Dos conclusiones pueden sacarse luego del título: la certeza de que por fin en Núñez había vida después de Marcelo Barovero ya que el arco volvía a cerrarse bajo cuatro llaves con Franco Armani y la chicana en conferencia del técnico de la Banda afirmando que habían jugado mal a propósito para que el rival no conozca lo que iban a hacer aquella noche.

Tranquilo e invicto

Pasada la resaca – la que Enzo Pérez admitió que iban a tener luego de semejante logro – en River se encontró una regularidad en los resultados y en el juego que fue el símbolo de casi toda la segunda mitad de la temporada. Las situaciones que se generaban y antes no salían ahora sí terminaban en gol. Los murmullos incómodos en el Monumental fueron cambiados por aplausos y aliento. El nerviosismo se transformó en templanza, la defensa abandonó su estado endeble y hacerle un gol al arquero fue una misión imposible para casi todos los delanteros rivales. Antes del Superclásico copero, los de Gallardo ya habían empatado contra Flamengo en Brasil, contra Chacarita de local y habían ganado contra Patronato de visitante. La racha siguió tanto en la Libertadores como en el torneo. En total fueron 17 partidos sin derrotas, de los cuales ganó 12 y empató cinco. Convirtió 27 goles y le hicieron solo seis. Los altos rendimientos se vieron lógicamente en Armani y también en Pinola, Pratto,  Palacios (cuando le tocó jugar), Borré y Saracchi. Otros, como Ponzio, Maidana, Pity Martínez y Scocco pudieron volver a sus mejores versiones y le aportaron jerarquía al equipo. Párrafo aparte merece el colombiano Juan Fernando Quintero. El enganche fue lo más determinante del equipo en la recta final. Con gambeta, pases profundos, gran pegada y la convicción de siempre ir para adelante, se guardó al hincha en el bolsillo y un par de partidos le bastaron a Pekerman para convencerse que él debe ser convocado para la selección que dirige y no el jugador de Boca Edwin Cardona. Lo que ocurrió con Pinola también es para destacar, ya que pasó de ser uno de los más criticados a consolidarse como el hombre que no puede faltar en el fondo. Además, la llegada al gol que tiene acentúa su importancia en el equipo. Quizás la preocupación mayor recae en el bajo nivel de Enzo, que nunca pudo volver a ser importante pese a tener reiteradas chances. Tan pobre fue el desempeño del mediocampista que hasta se perderá el avión rumbo a Rusia, aún habiendo sido uno de los mejores en aquella final del mundo en el Maracaná hace cuatro años. Sin embargo, por su jerarquía, aún tiene pista para seguir probando, ponerse bien y darle alegrías a los de Núñez.

El futuro

Desde algunas declaraciones y gestos dirigenciales o del propio técnico, se puede deducir que el mercado de pases que se viene será austero. River ya se dio varios lujos hace poco y la principal idea es mantener la base y consolidar la jerarquía que el equipo ya tiene. La operación para blindar al arquero mundialista se concretó hoy tras extenderle el vínculo hasta 2022 y elevándole la cláusula a 20 millones de dólares. El principal jugador a vender es Ignacio Fernández, aunque no hubo aún ofertas formales. Lo mismo ocurre con el Pity Martínez, que en cuanto tenga algo concreto y conveniente dejará el club tras tres años y medio. Por quién sí hubo una jugosa propuesta fue por el uruguayo Saracchi. El Leipzig alemán lo quiere por 12 millones de euros brutos (10 netos para la institución). Será difícil de rechazar semejante dinero, pero futbolísticamente sería una baja sensible que debe enmendarse con un refuerzo. Lux podría volver a la Coruña, tras una segunda etapa sin pena ni gloria. También se espera la desvinculación de Rossi y Auzqui. No es fácil saber que nombres pedirá Gallardo, aunque quizás vuelvan a sonar algunos viejos deseos como Lucas Zelarrayán (Tigres de México). Además, el apuntado para reemplazar a Saracchi sería Christian Mafla, colombiano de 25 años que está en Atlético Nacional. Lo cierto es que estén quienes estén, el sueño por quedarse con una de las Libertadores más complicadas de los últimos años mantendrá en vilo a todo corazón que lleve cruzada de izquierda a derecha una banda roja.

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